Confesión

Un sketch de comedia filosófica para dos actores sobre la religión, la memoria y los misterios del universo


Él está allí, sentado frente al público. Ella llega y se sienta también.
Él – Le escucho, hija mía…
Ella – No es fácil, padre.
Él – A través de mí, estarás confesando tus pecados ante nuestro Señor. Recuerda que para Él, pecado confesado es pecado medio perdonado. Y si además te arrepientes con sinceridad, hagas lo que hayas hecho, serás absuelta.
Ella – Verá, no se trata exactamente de un pecado.
Él – Si crees no haber pecado, ¿por qué vienes a confesarte? Pero ya sabes, todos pecamos, por desgracia.
Ella – ¿Incluso usted?
Él – Por supuesto, incluso yo. No soy más que un hombre.
Ella – Entonces, ¿a quién se confiesa usted? Siempre me he hecho esa pregunta. Como con los peluqueros. ¿Quién les corta el pelo? O con los médicos. Nunca pensamos que un médico pueda estar enfermo. Y sin embargo, también son humanos…
Él – Creo que nos estamos desviando, hija mía. ¿Hace cuánto que no te confiesas?
Ella – Nunca me he confesado.
Él – En ese caso, ¿cómo puedes afirmar que nunca has pecado? Aunque fueras una santa…
Ella – No soy una santa, pero lo que tengo que contarle es realmente extraordinario.
Él – Bien… Si eso puede ayudarte, te escucho. Y veremos juntos si lo que has hecho es o no un pecado.
Ella – Pues verá, padre, con toda modestia, creo haber resuelto el misterio del universo.
Él – ¿El misterio de…? Si esto es una broma, debes saber que burlarse así de la confesión, que es uno de nuestros sacramentos más sagrados, ya es un pecado.
Ella – Sabía que me tomaría por loca… Pero por eso mismo he venido. Si usted no me escucha, ¿quién lo hará?
Él – Muy bien, entonces la escucho…
Ella – Pues verá, doctor…
Él – Padre.
Ella – Perdón… Pues verá, padre… creo que he entendido cómo funciona todo esto. Cómo funciona. Y sobre todo, por qué.
Él – ¿Todo esto?
Ella – ¡El mundo! La vida, la muerte, el bien, el mal…
Él – ¿Nada más?
Ella – El universo, las galaxias, los agujeros negros, los extraterrestres…
Él – Ya veo… ¿Y cómo afirma haber alcanzado semejante conocimiento universal? ¿Es usted científica, quizás? Si es así, entendámonos: mi campo es el de la duda, la creencia y la fe. No el de la certeza, la verdad y el saber.
Ella – Aquí viene lo sorprendente. No soy en absoluto científica. Siempre he sido un desastre en matemáticas. Pero desde niña me hago preguntas sobre todo esto. ¿Usted no?
Él – Sí… A mi manera…
Ella – Y usted también, a su manera, cree haber encontrado la verdad.
Él – Hablemos mejor de lo que la trae por aquí…
Ella – Por supuesto. Bastante pronto entendí que nunca encontraría las respuestas a las preguntas que la humanidad se hace desde hace milenios sin obtener ninguna respuesta.
Él – ¿Y…?
Ella – Y sin embargo, cuando ya no lo esperaba, anoche, todo se iluminó de golpe.
Él – ¿De verdad?
Ella – Dormía profundamente. Me desperté empapada en sudor. Y la solución se me apareció como un destello.
Él – No me diga que tuvo una aparición milagrosa… ¿Que vio a la Virgen…?
Ella – No, claro que no. Y además, en cuanto al secreto del universo, le adelanto ya que Dios no tiene mucho que ver en ello. Por eso mismo quería hablar con usted primero. Para que pudiera comentarlo con… su jefe.
Él – Muy amable por su parte, pero… por curiosidad, ¿podría decirme en líneas generales qué cree haber descubierto?
Ella – Ya verá, en realidad, es de una sencillez…
Él – ¿Bíblica?
Ella – Yo esperaba algo extremadamente complicado. Porque los científicos por un lado, y los filósofos por otro, jamás han conseguido encontrar el comienzo del inicio de una explicación.
Él – ¿Y…?
Ella – Pues al final, no. Es muy simple. Aunque claro, sorprendente. Si no, ya se le habría ocurrido a alguien antes que a mí…
Él – Le confieso que ha despertado mi curiosidad. La escucho…
Ella – Como esa explicación me vino en sueños, me apresuré a anotarla en un papel. Porque por simple que sea… Ya sabe cómo son los sueños. Casi siempre, nada más despertarse, se olvidan.
Él – Entonces, le ruego que no me haga esperar más. Además, tengo varios feligreses esperando para confesarse después de usted…
Ella – Pues eso…
Él – ¿Sí?
Ella – Un momento, se lo digo enseguida…
Ella busca en vano el papel dentro de su bolso.
Ella – ¡Joder!
Él – ¿Qué pasa ahora?
Ella – No sé qué hice con ese papel. Estaba convencida de haberlo metido en el bolso…
Él – Pero se acordará, más o menos, ¿no?
Ella – Ya le digo… Es como los sueños… Todo es clarísimo mientras duermes. Todo parece simple y evidente, pero…
Él – ¿Sí?
Ella – Ay, no puede ser… Lo tengo en la punta de la lengua…
Él – Ya veo…
Ella – Ay, no, qué rabia… ¡El secreto del universo! Lo tenía… y… se me ha ido de la cabeza.
Él – ¿De verdad?
Ella – No, espere, seguro que me vuelve… Tenía que ver con… Ay, mierda, no me acuerdo…
Él – Bien… ¿Y no tiene nada más que confesarme?
Ella – No…
Él – En ese caso, le pido que se retire. Entre mis feligreses hay personas más desdichadas que usted que esperan el consuelo de la religión.
Ella – Por supuesto, discúlpeme. Pero voy a volver a pensarlo, y si me acuerdo…
Él – Eso, vuélvalo a pensar, y si le vuelve a la mente, venga a verme, ¿de acuerdo?
Ella – Gracias. ¿Cuánto le debo, doctor?
Él – Puede dejar una ofrenda en el cepillo al salir.
Ella – Me va a volver, estoy segura… Y quizás encuentre ese maldito papel… No era tan largo como una Biblia, claro, pero… Cabía en una sola frase.
Él – ¿En una frase?
Ella – Por desgracia… la he olvidado.


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Sketch extraído de la recopilación En Blanco
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En blanco -Jean-Pierre Martinez

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