Blanco y negro

Un sketch de comedia satírica para dos actores sobre el arte, la literatura y las pretensiones artísticas


Ella está allí. Él entra con un cuaderno grueso en la mano.
Ella – Hola, hola… Pase, pase…
Él – Gracias, gracias…
Ella – ¿No le ha costado mucho llegar? Con estas huelgas…
Él – Vivo justo enfrente.
Ella – ¿Enfrente? ¿Quiere decir…?
Él – El edificio de enfrente.
Ella – Ah, vale, vale… No sabía que… Qué curioso, estaba convencida de que esa ventana, en la pared de enfrente, era un trampantojo.
Él – ¿Un trampantojo?
Ella – Sí. Que la ventana estaba pintada en la pared. Nunca he visto moverse nada detrás de ese cristal.
Él – Y sin embargo, aquí estoy, como puede ver…
Ella – Ya veo… Así que, desde su salón, ve todo lo que pasa aquí.
Él – Absolutamente todo…
Ella ríe nerviosamente, como para tranquilizarse.
Ella – En fin… ¿Qué podría pasar de interesante en el despacho de una agente literaria?
Él – Eso me lo dirá usted.
Ella – Claro, claro… Entonces, ¿cómo va esa nueva novela?
Él – Casi terminada.
Ella – Muy bien, muy bien… Espero que sea original, porque ya sabe… La temporada literaria está cada vez más saturada… Un montón de gente contando su triste vida, convencida de que va a apasionar al mundo entero.
Él – Tranquila, no es una autoficción.
Ella – Menos mal, menos mal… No, lo que necesitamos hoy es un nuevo Borges. Alguien que sea capaz todavía de renovar los códigos de la novela clásica.
Él – Ya verá. Le va a sorprender. Y no me extrañaría que al salir de aquí me llamara bruto.
Ella – ¡Por supuesto! Hay que hacerlo saltar todo por los aires. Como la Movida madrileña. Sabemos que no durará, pero en el momento, al menos, uno se desahoga…
Él – Es curioso que diga “desahoga”, porque justamente… Lo entenderá cuando eche un vistazo a mi manuscrito…
Ella – Ahora sí que me intriga, querido amigo. Estoy deseando verlo. ¿Me ha traído algunas buenas páginas?
Él – Está casi terminado. Tenga, si quiere echarle un vistazo…
Le tiende el grueso cuaderno.
Ella – Muy bien, muy bien… Ah, sí, es un buen tocho, por lo que veo… ¿No es demasiado largo? Ya sabe, ahora, más de 200 páginas… ¿Qué quiere que le diga? Es la generación SMS. La gente ha perdido la costumbre de pasar páginas…
Saca sus gafas de presbicia.
Él – Son unas 900 páginas. Pero verá, se lee muy fácilmente.
Ella – Bien, bien… ¿Y cómo se titula?
Él – El blanco y el negro.
Ella – El blanco y el negro… ¿Un homenaje al cine clásico estadounidense en blanco y negro, quizá?
Él – Más bien a la pintura moderna… Por eso le decía antes que…
Ella – Me encanta Picasso. Pero no conocía su periodo en blanco y negro…
Él – De hecho, para el título, al principio pensé en… Memorias de ultranegro.
Ella – Ah, claro… Pero dígame… ¿Está seguro de que con todo eso va a revolucionar la historia de la literatura?
Él – Ya verá, es muy sorprendente.
Ella – Muy bien, muy bien… veamos entonces.
Abre el cuaderno y empieza a mirar. Pasa algunas páginas.
Él – Le dejo un momento para que se haga una idea…
Ella – Sí… pero dígame. Por lo que veo, ha dejado varias páginas en blanco al principio. ¿Dónde empieza exactamente?
Él – Ya ha empezado.
Ella – ¿Perdón?
Él – Esas páginas en blanco forman parte de la novela.
Ella – No estoy segura de entenderle…
Él – Ya le advertí que la sorprendería. Verá. He calculado que, de media, en una página de novela, los caracteres impresos —en negro, claro— ocupan un ocho por ciento de la superficie de la página blanca.
Ella – ¿Ocho por ciento?
Él – De media. Depende del tipo de letra que use la imprenta, por supuesto. Con un tipo más grande y más grueso, puede llegar a nueve o incluso diez por ciento.
Ella – ¿De verdad…? ¿Y entonces…?
Él – Entonces se me ocurrió separar el blanco del negro.
Ella – Qué ocurrencia.
Él – Luego me pregunté si debía empezar por el blanco y luego el negro, o al revés…
Ella – Ah, claro…
Él – Al final decidí empezar por el blanco… Para crear… una expectativa en el lector, ¿sabe?
Ella – Ya, ya…
Él – Una especie de suspense, si lo prefiere.
Ella – No estoy segura de saber lo que prefiero… (Hojeando) ¿Y entonces, todas las páginas están en blanco?
Él – En absoluto. Y ahí es donde se pone interesante. Para simplificar, tomé una media del diez por ciento. Así que, sistemáticamente, después de nueve páginas en blanco, viene una página negra.
Ella – ¿Negra?
Él – Totalmente negra.
Ella – ¿Por qué negra?
Él – Sabía que eso la desconcertaría un poco. Pero era lo que quería, ¿no? Algo nuevo.
Ella – Sí, bueno…
Él – Esa página negra, que viene después de nueve en blanco, concentra toda la tinta que normalmente se habría usado para rellenar —como se suele decir— esas nueve páginas anteriores, que en mi novela, quedarán en blanco. ¿Lo entiende?
Ella – Sí, lo entiendo…
Él – Veo que se queda un poco perpleja, es normal. Como todo lo nuevo, puede desconcertar al principio. Así que me permitirá usar una metáfora, para ayudarla a captar mejor lo revolucionario de esta novela.
Ella – ¿Una metáfora?
Él – Una novela es como una tortilla. Pero ya estamos hartos de las tortillas. Aunque le eches cebolla, patata, hierbas… sigue siendo una tortilla. Yo he optado por una decisión radical, y vuelvo a los fundamentos. Separar la clara de la yema. O el blanco del negro, en este caso. De ahí el título…
Ella – ¿Se está burlando de mí? ¿Es eso?
Él – Sabía que diría eso… Pero no… No más que todos esos pintores que le venden cuadros completamente blancos o completamente negros, llamando a eso monocromo con toda la pompa.
Ella – Claro que sí…
Él – Esta primera novela del género es un gesto fundador. Más adelante, claro, podré escribir otras, en las que el blanco ya no será del todo blanco, y el negro no será del todo negro. Pero eso sí: ¡respetando siempre esa proporción sagrada del diez por ciento!
Ella – Diez por ciento.
Él – Los pintores tienen su número áureo, ¿por qué nosotros, los escritores, no íbamos a tener el nuestro? Y la prueba de que ese número es sagrado: ¡usted me cobra justo un diez por ciento de comisión como agente sobre todos mis derechos de autor!
Ella – ¿Y de verdad cree que le voy a adelantar dinero por esta tomadura de pelo?
Él – Ya se lo dije: vivo justo enfrente… y desde mi casa veo todo lo que pasa en este despacho.
Ella – ¿Todo?
Él – Todo. Incluso tengo vídeos…
Ella – Ya veo… Y… ¿cuánto quiere para olvidar todo lo que ha visto?


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Sketch extraído de la recopilación En Blanco
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En blanco -Jean-Pierre Martinez

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